09/09/2026
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1. Después de toda una vida profesional viendo crecer, estancarse o fracasar a las personas, ¿qué has aprendido sobre la naturaleza humana que más te sorprendió?
Todavía me sorprende, después de tantos años, lo desigual que es el desarrollo de la inteligencia emocional. Y me sorprende sobre todo en personas con responsabilidades de liderazgo, porque durante mucho tiempo yo también di por hecho que la experiencia o un buen puesto venían de la mano de una mayor madurez emocional. La vida me ha demostrado que no es así.
He trabajado con perfiles muy buenos técnica y estratégicamente que, sin embargo, no saben escuchar, les cuesta gestionar un conflicto o dar feedback, y no siempre son conscientes del impacto que tienen sus palabras en los demás. Y al mismo tiempo he visto a personas sin una posición alta en el organigrama, con una capacidad enorme para conectar, inspirar y hacer crecer a quienes tienen alrededor.
Eso me ha enseñado que la inteligencia emocional no llega sola con los años ni con el conocimiento. Hace falta conciencia, ganas de aprender y trabajarla, casi a diario. Por eso defiendo tanto que la educación emocional en las empresas deje de verse como algo bonito de tener y se entienda como una necesidad. Y ahora, con la inteligencia artificial cambiando tanto la manera en que trabajamos, esas competencias van a pesar todavía más.
2. ¿Qué crees que entiende mal la mayoría de la gente sobre el éxito profesional?
Confundir éxito con logro. Lo veo mucho, sobre todo en las generaciones que crecimos con esa idea de ganar dinero, llegar arriba, tener reconocimiento y dejar un legado.
Las personas más jóvenes, en cambio, hablan de propósito, bienestar y libertad. No creo que tengan menos ambición, simplemente entienden de otra forma lo que es una vida profesional satisfactoria.
Hay una definición de éxito que me acompaña desde hace años, de Benjamin Zander, director de orquesta y autor de The Art of Possibility. Decía que para él el éxito no tiene que ver con la riqueza, la fama o el poder, sino con cuántas miradas brillantes tiene a su alrededor.
Me quedo con esa idea. El éxito no se mide por el poder ni por el dinero, sino por lo que dejas en los demás. Si las personas crecen, se desarrollan y encuentran sentido gracias a ti, ahí ya hay éxito. Sobre todo, si además tu trabajo está alineado con lo que eres y con tu esencia y tu propósito.
3. Has visto personas brillantísimas quedarse a mitad de camino y otras aparentemente menos extraordinarias llegar muy lejos. ¿Qué explica realmente esa diferencia?
El talento solo no garantiza nada, eso lo tengo clarísimo. He visto a gente brillante quedarse a medio camino por miedo, por falta de confianza, por querer tener todas las respuestas antes de moverse o por no saber aprender de sus propios errores. Y he visto llegar muy lejos a personas que quizá no destacaban al principio, pero tenían curiosidad, humildad y muchas ganas de aprender.
Para mí la diferencia está en la actitud con la que cada persona se relaciona consigo misma y con lo que le pasa. Llega más lejos quien se conoce, pide ayuda, escucha y se atreve a avanzar, aunque no tenga todas las certezas.
Y hay algo más que pesa mucho, la capacidad de construir relaciones de confianza. Nadie llega lejos solo. Necesitamos a otros que nos enseñen, nos cuestionen, nos abran puertas y también nos digan lo que no siempre queremos oír.
4. ¿Cuáles son las excusas o narrativas que más se repiten entre quienes no alcanzan el potencial que tenían?
“No tengo tiempo.” La escucho constantemente y, siendo sincera, yo misma la he usado alguna vez. No tengo tiempo para formarme, para cuidar mis relaciones, para pedir feedback, para pararme a pensar en mi carrera. Y es verdad que vivimos con agendas muy exigentes y una sensación de urgencia casi permanente. No siempre es una excusa, muchas veces el cansancio y la sobrecarga son reales.
Pero también he aprendido que la falta de tiempo se convierte, a veces, en una manera muy cómoda de aplazar lo que de verdad nos importa y de procrastinar. El tiempo no aparece solo, hay que buscarlo y decidir a qué se lo dedicamos. Así que cuando decimos que no tenemos tiempo para algo, quizá la pregunta honesta es si de verdad le damos prioridad.
Otras que escucho mucho: “mi empresa no me da oportunidades”, “mi jefe no me valora”, “ahora no es un buen momento”. El contexto importa, y las organizaciones tenemos la responsabilidad de crear oportunidades y quitar barreras. Pero también hay una parte que es responsabilidad de cada uno. No siempre podemos cambiar nuestras circunstancias por completo, pero casi siempre podemos dar un primer paso.
5. ¿Qué es lo que las personas exitosas entienden antes que los demás?
Que el éxito es más una forma de vivir que una meta. Para mí alguien tiene éxito cuando puede sentirse orgulloso no solo de lo que ha conseguido, sino de cómo lo ha conseguido y de la huella que deja en quienes le acompañan o se han cruzado en su vida.
Las personas que de verdad llegan lejos saben que no pueden hacerlo todo solas. Piden ayuda, se rodean de gente que sabe más que ellas, escuchan y reconocen el talento ajeno sin sentirse amenazadas.
También aceptan que van a tener que cambiar muchas veces a lo largo de su vida profesional, porque lo que las trajo hasta aquí no siempre será suficiente para llevarlas al siguiente sitio, ni siquiera para mantenerse. Y entienden algo que a mí me parece esencial: se puede ser exigente con los resultados y profundamente humano al mismo tiempo. Cuidar a las personas, actuar con ética, generar confianza, no es ingenuidad. Es una decisión estratégica que construye organizaciones más sólidas y capaces de atraer y retener talento.
6. ¿Qué le hace el poder a las personas?
No creo que el poder cambie a nadie por completo. Creo que amplifica lo que ya hay dentro. Si alguien tiene vocación genuina de servicio, usará su posición para abrir puertas, proteger y hacer crecer a otros. Si lo que predomina es la inseguridad o la necesidad de reconocimiento, el poder puede convertir eso en control, distancia o autoritarismo.
El poder también aísla. Cuanta más responsabilidad tienes, más difícil es en ocasiones que alguien te diga la verdad a la cara. La gente empieza a medir sus palabras, a evitar el desacuerdo, a contarte solo lo que cree que quieres oír. Por eso creo tanto en trabajar la humildad de forma consciente, rodearse de personas con criterio propio y crear espacios donde hablar claro sea seguro.
He visto a personas crecer en generosidad al asumir poder, y usar esa influencia para transformar su entorno. Y también he visto a otras alejarse de la realidad, olvidando que ningún puesto en el organigrama es para siempre. El liderazgo de verdad no se mide por cuánta gente te obedece, sino por cuánta gente crece,y llega más lejos gracias a ti.
7. Después de tantos años observando directivos, ¿qué diferencia a quienes generan seguidores de quienes solo generan obediencia?
Cuanto más accesible sea el conocimiento técnico gracias a la tecnología, más va a pesar nuestra capacidad de entender a las personas, generar confianza, colaborar y liderar con empatía, teniendo en cuenta el impacto humano de cada decisión.
Creo que el gran reto de las organizaciones ya no es solo formar profesionales mejor preparados, sino formar personas más conscientes de sí mismas y de quienes tienen alrededor.
8. ¿Qué opinión tenías al comienzo de tu carrera que hoy consideras equivocada?
Al principio de mi carrera estaba convencida de que, tarde o temprano, todas las organizaciones entenderían algo que a mí me parecía evidente: que crear un entorno de trabajo seguro, física, emocional y psicológicamente, actuar con coherencia respecto a los valores que se dicen tener y poner a las personas en el centro no es solo lo correcto, sino también una de las decisiones más inteligentes que puede tomar una empresa.
Con el tiempo he descubierto que no siempre es así. Después de más de 25 años dedicados a la gestión de personas, sigo encontrando organizaciones donde da miedo opinar, donde ciertos comportamientos poco éticos se toleran, donde el error se castiga en lugar de aprovecharse para aprender, y donde las personas quedan en segundo plano frente al resultado a corto plazo.
Puede que mi error fuera pensar que esa relación entre bienestar, confianza y resultados era tan evidente para todos como lo era para mí. La realidad me ha enseñado que muchas empresas avanzan porque necesitan atraer y retener talento en un mercado escaso, no siempre porque crean de verdad en un modelo de gestión más humano.
Aun así, sigo siendo optimista. He comprobado, una y otra vez, que las organizaciones que generan confianza cuidan a las personas y actúan con coherencia obtienen mejores resultados y están mejor preparadas para el futuro. Por eso defiendo esta idea hoy con más fuerza que nunca.
9. ¿Qué diferencia hay entre tener una carrera exitosa y tener una carrera con significado?
Una carrera exitosa se suele medir desde fuera: el cargo, el salario, lo que aparece en un currículum. Una carrera con significado se mide desde dentro. Tiene que ver con sentir que aquello a lo que dedicas una parte tan grande de tu vida está alineado con quién eres, con tus valores y con el legado que quieres dejar. Es levantarte por la mañana siguiendo tu propósito.
Los puestos son temporales, las organizaciones cambian, pero lo que queda es cómo hiciste sentir a las personas, las oportunidades que generaste para otros y los valores con los que tomaste tus decisiones más importantes.
Quizá la diferencia más importante sea esta: una carrera exitosa puede generar admiración, pero una carrera con significado deja orgullo y paz. Para mí, el verdadero éxito no está en llegar lejos, sino en que tu trabajo haya merecido la pena, para ti y para los demás.
10. Después de dedicar tantos años a observar el potencial humano, ¿qué hace que una vida profesional merezca realmente la pena?
Para mí, una vida profesional merece la pena cuando te ayuda a crecer como profesional sin dejar nunca de ser tú misma como persona.
Nos han enseñado a medir el éxito por los ascensos, los cargos, el reconocimiento. Pero cuando hablas con personas que llevan décadas de trayectoria, casi ninguna recuerda con emoción un organigrama. Lo que recuerdan son los proyectos que les hicieron sentirse vivas, las personas que confiaron en ellas cuando nadie más lo hacía, los equipos con los que compartieron una etapa importante.
Creo que una carrera valiosa es la que te permite seguir aprendiendo, desarrollar tu talento y ponerlo al servicio de algo más grande que tu propio interés. Tiene que haber resultados, claro, porque las organizaciones necesitan crecer y ser sostenibles. Pero también tiene que haber propósito, relaciones humanas de calidad y la sensación de que tu trabajo aporta algo bueno a otras personas.
Y si tuviera que resumirlo en una idea, diría esto: una vida profesional merece la pena cuando, al mirar atrás, descubres que no solo has construido una carrera, sino que has ayudado a construir personas. Que tu paso por una organización hizo que alguien aprendiera más, creciera más, se sintiera más valorado o más